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“¡He aquí! La libertad solloza,/El mal gobierna la tierra y duerme la justicia que espera” La cita de Josiah Holland habría resonado con el profeta Habacuc. Su ruego por justicia vino durante los días finales del Imperio Asirio y al principio de la dominación Babilónica (siglo VII AC).
El objeto de la preocupación de Habacuc, sin embargo, no eran las naciones enemigas circundantes, sino la misma Judá (1:2-4). Esos eran días obscuros: La justicia había desaparecido, la maldad era desenfrenada, y la violencia incontrolada.
La oración de Habacuc por intervención divina se encontró con una respuesta sorprendente: Dios enviaría a los Caldeos a juzgar a Judá (vv. 5-11) — ninguna solución al dilema del profeta. Judá era el pueblo de pacto de Dios; Señor, limpia su pecado y restaura su justicia. Al usar a los Caldeos para juzgar a una nación más justa que ellos, significaba insulto y daño. Después de todo, ¿no estaba Dios de parte de Judá?
La mayor parte de esta profecía es diálogo, aun argumento, entre el profeta y su Dios. El intercambio pronto tuvo un giro, de, cómo Dios trató con la injusticia, hacia el carácter de Dios en vista de Su pacto con Su pueblo. Este es un verdadero acertijo teológico.
El argumento alcanzó su cenit cuando Habacuc ascendió a la fortaleza de la ciudad en protesta (2:1). Yo bajaré cuando Dios tenga una respuesta satisfactoria, puede haber él pensado. ¿Y cuál fue la respuesta de Dios? “Mas el justo por su fe vivirá” (2:4, NVI). Esta declaración, dos veces citada por Pablo (Rom. 1:17; Gal. 3:11), no solamente informó del pensamiento de Habacuc, sino que también ha sido usada por el Espíritu Santo para motivar un movimiento que remodelara significativamente a la iglesia en la historia.
Más allá de inspirar la doctrina de la justificación por fe, la aplicación de Habacuc 2:4 es que Dios es soberano, lo cual, más que Su bendición temporal, debe ser la motivación verdadera de la adoración:
Aunque los árboles de cereza no broten y las fresas no maduren, aunque las manzanas sean devoradas por los gusanos, y los campos de trigo se atrofien, aunque el corral de la ovejas esté sin ellas y los graneros del ganado vacíos, yo canto alabanza alegre a Dios. Estoy dando saltos de regocijo a mi Salvador Dios. Contando con que las Reglas de Dios prevalezcan, cobro aliento y fortalezco mi corazón. Corro como un ciervo. ¡Siento como que soy el rey de la montaña! (3:17-19, El Mensaje*).
La tendencia de servir a Dios por beneficio material tiene un efecto de revés: Nosotros podemos considerar dichas bendiciones como evidencia de “condición de nación favorecida” y garantía de seguridad nacional. Es por eso que los Cristianos modernos, especialmente en EE.UU., tienen mucho que aprender de la experiencia de Habacuc. Estos son días obscuros para nuestra nación — “la verdad para siempre sobre el andamio, el mal para siempre sobre el trono” (James Russell Lowell). Los enemigos doblan sus músculos nucleares; el terrorismo amenaza. ¿Está Dios de nuestro lado? ¿Permitirá Él que naciones menos justas juzguen a los EE.UU. por sus pecados?
La respuesta de Dios no es diferente a la que le fue dada al profeta del siglo VII. Él es soberano y hará lo que honre Su causa. Entre tanto, nosotros vivimos por fe, confiando en Él entre los conflictos nacionales y mundiales. Lo qué suceda finalmente es asunto de Dios porque la historia es “Su historia.” En vez de “ Está Dios de lado de los Estados Unidos de América?” la pregunta vital es “¿De qué lado están los Estados Unidos de América?”
Para contestar la pregunta “¿Dónde estaba Dios el 11 de Septiembre?” Anne Graham Lotz sugiere que Dios estaba donde la cultura secular Lo ha puesto: fuera de nuestras escuelas, fuera de nuestro gobierno, fuera de nuestros negocios y sistema de valores. Dios sosegadamente se alejó, quitando Su mano de protección.
Thomas Jefferson una vez dijo, “Tiemblo por mi país cuando reflexiono que Dios es justo; que su justicia no puede dormir para siempre.” Un poco de miedo santo y temblor podría ser bueno estos días, en la nación y en la iglesia.
— Whaid Guscott Rose
Presidente de la Conferencia General
* Esta escritura fue tomada de El Mensaje. Copyright 1993, 1994, 1995, 1996, 2000, 2001, 2002. Usado con permiso de NavPress Publishing Group
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